En conversaciones que solemos tener con amigos nos hemos dado cuenta que el tema de las Escuelas de Surf siempre genera controversias.

Cuando se viene de un lugar donde no hay mar, nuestros recuerdos se reducen a las memorias de las olas de nuestra última escapada, de alguna foto o de ver el material guardado en el trastero. Cuando se vive en una gran ciudad, nuestros pensamientos suelen verse eclipsados por el ajetreo de la rutina diaria, así como de otras responsabilidades a las cuales hay que darles prioridad.

En la mayoría de los casos, los surfers llevan meses esperando el momento de escaparse al mar; llevan meses imaginando el momento en el que se dan el primer chapuzón. En su mayoría, llegan con el chip de la ciudad, en el fondo de su mente aún tienen presente el caos y el ruido aún retumba en sus oídos.

Ahora es cuando se presenta el debate, si no soy novato, ¿por qué debería de apuntarme a clases de surf? Suelo hablarlo en el medio del curso, ya que es importante dejarlo bien claro. Después de un parón, tenemos que volver a lo básico, reconectarnos con el mar, evitar los errores y el bucle que pueden generar las malas decisiones.

Debemos lograr que los viajes o las escapadas de surf sean rentables. Es necesario que cada sesión se traduzca en una inversión en tu surfing, en mejoras en la técnica, en el buen número de olas, en hacer que el tiempo que estuviste en la Costa da Morte sea valioso y que en la vuelta a casa pienses valió la pena haber estado esa semana disfrutando.

Es aquí donde entran las Escuelas de Surf. El apoyo de un monitor durante tu estadía, no sólo te permitirá realizar esa reconexión sino que podrás volver a tu nivel con mucha más rapidez, para así seguir con la evolución que estamos buscando.

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